Un padre aún busca: el único niño desaparecido tras un bombardeo escolar en Irán
Makan Nasiri, de siete años, amaba la gimnasia y ayudar en su centro religioso local. Pero después de que su escuela en Minab, Irán, fuera bombardeada el 28 de febrero de 2026, sus padres se convirtieron en la única familia que no pudo enterrar a su hijo, porque nunca se encontraron restos.
El ataque a la escuela primaria Shajareh Tayyebeh fue parte de una operación militar más amplia de Estados Unidos e Israel en Irán. Aunque no hubo una reivindicación oficial, las pruebas apuntan al uso de misiles Tomahawk estadounidenses. La escuela estaba ubicada junto a una base del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) en la provincia sureña de Hormozgán.
Lo que sucedió en la escuela
Poco después de las 11 a. m., la madre de Makan, Asieh Rahinejad, recibió una llamada de una maestra diciéndole que recogiera a su hijo de inmediato porque la escuela había sido atacada. Ella aún no sabía que la guerra había comenzado: los bombardeos en Teherán y el asesinato de líderes iraníes ya habían empezado. Llamó al conductor del autobús escolar para que fuera a buscar a Makan, pero un segundo misil impactó en cuestión de minutos, dejando pocas posibilidades para quienes estaban en el lugar.
El balance final de víctimas mortales, anunciado el 9 de abril por el fiscal general de Minab, fue de 156 personas, revisado a la baja desde un recuento anterior de 168. Entre las víctimas:
- 120 estudiantes (73 niños, 47 niñas)
- 26 maestras (todas mujeres, una de seis meses de embarazo)
- 7 padres
- Un conductor de autobús escolar
- Un técnico de una clínica cercana
La búsqueda de Makan
Los expertos forenses identificaron todos los demás cuerpos, muchos destrozados por las explosiones. Pero no hubo rastro de Makan, incluso después de exhaustivas pruebas de ADN. La Organización de Medicina Legal de Irán informó que alrededor del 40 % de los cuerpos recuperados durante la guerra no pudieron ser identificados de inmediato debido a los graves daños. De las 3375 muertes confirmadas en la guerra, solo cuatro personas permanecen sin identificar, y Makan es una de ellas.
Su padre, Cyrus, corrió a la escuela tras oír la noticia. "Cuando llegamos, la escuela estaba destruida. En esos primeros momentos, solo vimos una cosa: ruinas", dijo a los medios estatales iraníes. Buscó desde antes del mediodía hasta las 2:30 a. m. del día siguiente, y regresó repetidamente en las semanas siguientes. "Volvería aunque encontraran una uña", afirmó.
Un solo zapato
En el día 38 de búsqueda, el tío de Makan encontró un zapato a cierta distancia del edificio principal. La familia lo identificó como de Makan. También se encontró un suéter azul dañado, según informes, pero nada más. Su madre, Asieh, dijo más tarde a una multitud en una reunión conmemorativa: "Me aterraba la idea de tener que poner a Makan en la tumba. No podía soportarlo. Recé a Dios pidiendo ayuda, y quizás eso explique por qué no pudimos encontrarlo".
El zapato se colocó en una caja y ahora se guarda en una mezquita local para conmemorarlo.
Conclusiones clave
- Makan Nasiri, de 7 años, es el único niño del bombardeo escolar de Minab cuyos restos no han sido encontrados.
- El ataque mató a 156 personas, en su mayoría niños, y fue parte de una operación militar más amplia de Estados Unidos e Israel.
- A pesar de las exhaustivas pruebas de ADN y una búsqueda de 38 días, solo se recuperaron un zapato y un suéter.
- La autoridad forense de Irán afirma que el 40 % de los cuerpos de las víctimas de la guerra estaban demasiado dañados para una identificación inmediata.
- El caso pone de relieve el costo humano del conflicto, donde incluso la oportunidad de enterrar a un ser querido puede ser negada.
¿Qué significa esto para la gente común?
Esta historia muestra cómo la guerra no solo acaba con vidas, sino que puede borrarlas tan completamente que las familias nunca obtienen un cierre. Para la gente común en todo el mundo, es un recordatorio de que infraestructuras civiles como las escuelas pueden convertirse en objetivos, y que las secuelas dejan heridas psicológicas que duran generaciones. La incapacidad de enterrar a un hijo es un dolor que ningún padre debería soportar.
— Editorial Team